Pilar Iglesias Nicolás psicoanalista
lunes, 14 de septiembre de 2026
AUDIOTEXTOS DE PSICOANÁLISIS
LO REPRIMIDO Y LO OLVIDADO FORMACIONES DEL INCONSCIENTE PROF PILAR IGLESIAS psicoanalista
Detengámonos pues sobre el famillonario.
Hay varias maneras de abordarlo, ése es el fin no solamente de este esquema, sino de
este esquema en tanto que les es dado para permitirles inscribir los diferentes planos de la
elaboración significante -estando aquí especialmente elegido la palabra elaboración,
puesto que está elegida expresamente, puesto que Freud la informa especialmente.
Detengámonos en eso y, para no sorprenderlos demasiado, comencemos percatándonos
en que sentido se dirige esto. ¿Qué sucede cuando aparece famillonario? Se puede decir
que algo se indica con ello, que sentimos como algo que apunta hacia el sentido; algo
tiende a surgir de ahí, que es algo irónico, incluso satírico, algo también que aparece
menos, pero que se desarrolla, si podemos decir así, en los contragolpes del fenómeno, en
lo que va a propagarse en el mundo a continuación de eso. Es una especie de surgimiento
de un objeto, él, que va más bien hacia lo cómico, hacia lo absurdo, hacia el sinsentido. Es
el famillonario en tanto que él es la irrisión del millonario, tendiendo a tomar forma de
figura, y no habría que hacer mucho para indicarles en qué dirección, en efecto, tiende a
encarnarse.
Además, Freud nos señala al pasar que en alguna parte, también, Heinrich Heine,
redoblando su chiste, llamará al millonario (en alemán: Millionär) el "Millionarr", lo que en
alemán quiere decir el loquito millonario (en Francés: fou-fou millionnaire ), o, como
podríamos traducirlo además en francés, en la continuación y en la línea de sustantivación
del famillonario del que hablaba hace unos instantes, el "fat (uo) millonario", con un guión
(en francés: fat-millionnaire). Esto para decirles que ahí está la aproximación que hace que
no sigamos siendo inhumanos.
No iremos mucho más lejos porque, a decir verdad, no es el momento; es justamente el
tipo de paso que se trata de no precipitar, a saber: no comprender demasiado rápido,
porque al comprender demasiado rápido no se comprende absolutamente nada. Eso no
explica nunca el fenómeno que acaba de suceder ante él, a saber, en qué se relacióna a
lo que podemos llamar la economía general de la función del significante.
Al respecto, es necesario sin embargo que yo insista para que todos ustedes tomen
conocimiento de lo que he escrito en lo que he llamado la instancia de la letra en el
inconsciente a saber, los ejemplos que he dado en ese texto de las dos funciones, que
llamo las funciones esenciales del significante, en tanto que son aquellas por donde, si se
puede decir, la reja del significante cava en lo real lo que se llama el significado,
literalmente lo evoca, lo hace surgir, lo maneja, lo engendra; a saber, las funciones de la
metáfora y de la metonimia.
Parece que a algunos, digamos que mi estilo les bloquea la entrada a este artículos lo
lamento. Ante todo, yo no puedo hacer nada, mi estilo es lo que es. A este respecto, les
pido que hagan un esfuerzo, pero quisiera simplemente añadir que, cualesquiera q ue sean
las deficiencias que puedan intervenir en ello por mi culpa, hay también a pesar de todo,
en las dificultades de ese estilo —quizá algunos puedan entreverlo—, algo que debe
responder al objeto mismo del que se trata.
Si se trata en efecto, a propósito de las funciones creadoras que ejerce el significante
sobre el significado, de hablar de una manera válida, no simplemente de hablar de la
palabra, sino de hablar en el hilo de la palabra, si podemos decir así, para evocar sus
funciones mismas, tal vez la continuación de mi exposición de este año les mostrará que
hay necesidades internas de estilo, la concisión por ejemplo, la alusión, incluso la
agudeza, que son tal vez elementos esenciales, completamente decisivos, para entrar en
un campo del que ellas comandan no solamente las avenidas, si no toda la textura.
Volveremos pues a ello, a continuación, a propósito de cierto estilo que no vacilaremos
incluso en llamar por su nombre, por ambigüo que pueda parecer, a saber el manierismo, y
del que trataré de mostrarles que tiene tras él, no solamente una gran tradición, sino una
función irremplazable.
Esto no es más que un paréntesis para volver a mi texto. En ese texto, entonces, ustedes
verán que lo que denomino, después de otros —es Roman Jakobson quien lo ha
inventado— la función metafórica y metonímica del lenguaje, están ligadas a algo que se
expresa muy simplemente en el registro del significante, siendo las carácterísticas del
significante, como ya lo he enunciado varias veces en el curso de los años precedentes,
las de la existencia de una cadena articulada, y —añadía yo en ese artículo— tendiendo a
formar agrupamientos cerrados, es decir, formados por una serie de anillos que se enlazan
unos a otros, para formar las cadenas, las cuales se enlazan ellas mismas a otras cadenas
a la manera de anillos, lo que está un poco evocado también por la forma general de este
esquema, pero que no está directamente presentado.
La existencia de estas cadenas, en su doble dimensión, implica que las articulaciones o
enlaces del significante comportan dos dimensiones, la que podemos llamar de la
combinación, de la continuidad, de la concatenación de la cadena, y la de las posibilidades
de sustitución siempre implicadas en cada elemento de la cadena.
Este segundo elemento, absolutamente esencial, es ese elemento que, en la definición
líneal que Freud daba de la relación del significante y del significado, es omitido. En otros
términos, en todo acto de lenguaje, la dimensión diacrónica es esencial, pero hay una
sincronía implicada, evocada por la posibilidad permanente de sustitución inherente a cada
uno de los términos del significante. En otros términos, son las dos relaciones que voy a
indicar:
F (S....S´) S, y F ( S´/ S) S
dando, la una, el lazo de la combinación del lazo del significante, y la otra la imagen de la
relación de sustitución siempre implícita en toda articulación significante.
No es necesario poseer extraordinarias posibilidades de intuición para percatarse de que
debe haber al menos alguna relación entre lo que acabamos de ver producirse y lo que
Freud nos esquematiza de la formación del famillionario, a saber sobre dos líneas
diferentes, "yo estaba sentado... etc., de una forma completamente familiar", y, abajo,
"millionario". Freud completa: ¿qué es lo que puede querer decir esto? Esto puede querer
decir que hay alguna cosa que ha caído, que ha sido eludida, eso quiere decir en tanto
que puede permitírselo, o que puede realizarlo o lograrlo un millonario. Algo ha caído en la
articulación del sentido, algo ha permanecido: el millonario. Algo se ha producido que ha
comprimido, embutido, el uno en el otro, el familiar y el millonario, para producir el
famillonario.
Hay pues ahí algo que es una suerte de caso particular de la función de sustitución, caso
particular del que, de alguna manera, quedan las huellas. La condensación, si ustedes
quieren, es, una forma particular de lo que puede producirse al nivel de la función de
sustitución.
Sería bueno que, desde ahora, tengan ustedes en mente el largo desarrollo que he hecho
alrededor de una metáfora, aquella sobre la gavilla de Booz:
CONTRIBUCIONES AL SIMPOSIO SOBRE LA MASTURBACIÓN s. freud
LXVI CONTRIBUCIONES AL
SIMPOSIO SOBRE LA MASTURBACIÓN (*) 1912 I. -
INTRODUCCIÓN
LAS discusiones
conducidas en la Asociación Psicoanalítica Vienesa nunca tienen por objeto
abolir discrepancias o alcanzar decisiones. Amalgamados por idéntica concepción
fundamental de los mismos hechos, los distintos oradores que en ella
intervienen pueden permitirse la más tajante expresión de sus versiones
individuales, sin tomar en cuenta la probabilidad de convertir a sus opiniones
a los oyentes que discrepan de ellas. Es posible que en tal intercambio se
produzca un desencuentro de las ideas y de las palabras; su efecto final
consiste, empero, en que cada uno recibe, y puede a su vez transmitir, la más
clara impresión de las opiniones discrepantes. El
simposio sobre la
masturbación -del cual
sólo se publican
aquí algunos fragmentos- se
extendió durante varios
meses, consistiendo en
la presentación de
una ponencia por cada
orador, a la
cual se agregó
en cada caso
un exhaustivo debate. Únicamente las
ponencias han sido
incorporadas a esta
publicación, no así
las discusiones, tan pletóricas de nuevas ideas, en cuyo curso se
expresaron y dirimieron las oposiciones
planteadas. De otro
modo, este pequeño
volumen habría alcanzado
una extensión que hubiese dificultado sin duda su difusión y su
influencia. No considero
necesario justificar la elección del tema en una época como ésta, en la cual se
realiza por fin el intento de someter también los problemas de la vida sexual
humana a la
investigación científica. Las
repeticiones de determinadas ideas
y afirmaciones fueron inevitables, ya
que las mismas
corresponden a concordancias del pensamiento. Por otra parte, la
dirección de este simposio no podía tratar de conciliar las numerosas
discrepancias entre las concepciones de los ponentes ni tender a ocultarlas.
Esperamos que ni
las repeticiones ni
las contradicciones afectarán
el interés de
los lectores.
En esta oportunidad nos animó el
propósito de averiguar a qué caminos ha sido impulsado el
estudio de los
problemas de la
masturbación por la
aparición de los métodos
y los procedimientos psicoanalíticos. El
aplauso de los
lectores, y quizá
aún más claramente su
censura, demostrarían hasta
dónde hemos llegado
a cumplir dicho propósito. Viena, en el verano de
1912. II. -CONCLUSIONES LOS miembros más antiguos de nuestro círculo recordarán
sin duda que hace ya varios años emprendimos el intento de llevar a cabo una
discusión colectiva como ésta sobre el tema
de la masturbación: un
Symposion, como
lo llaman nuestros colegas norteamericanos. En esa
oportunidad planteáronse discrepancias tan profundas entre las opiniones expuestas,
que no pudimos
resolvernos a publicar
las minutas de la
misma. Desde entonces nos
hemos mantenido -tanto
aquellas personas como
las que se
les agregaron más recientemente- en permanente contacto con los hechos
de la experiencia, y mediante un continuo intercambio de ideas hemos logrado
aclarar nuestras opiniones y fundarlas sobre una base común, a punto tal que la
empresa abandonada entonces ya no nos parece hoy tan insuperable. Tengo realmente la impresión de que
nuestras concordancias con respecto al tema de la masturbación son ahora más sólidas
y más profundas que nuestras discrepancias, cuya existencia no cabe, empero,
negar. Numerosas contradicciones aparentes obedecen sólo a la multiplicidad de
los puntos de
vista expuestos, tratándose
en el fondo
de opiniones fácilmente conciliables entre sí. Permítaseme exponer ahora un resumen
de aquellos puntos respecto de los cuales estamos de acuerdo y de aquellos
otros en los que discrepamos.
Existe, sin duda, un acuerdo en lo siguiente: a)
Sobre la
importancia de las
fantasías que acompañan
o reemplazan el
acto masturbatorio.
b) Sobre la
importancia del sentimiento de
culpabilidad vinculado a
la masturbación, cualquiera que sea su procedencia. c) Sobre la imposibilidad de indicar
una condición cualitativa para la nocividad de la masturbación (al respecto la
unanimidad no es general). Se han
planteado discrepancias de opinión no conciliadas:
a)
Respecto a la
negación del factor
somático en el
efecto que ejerce
la masturbación. b) Respecto
al rechazo, en
principio, de toda
consecuencia perjudicial de
la masturbación. c)
Respecto a la procedencia del sentimiento de culpabilidad, que algunos quieren
derivar directamente de
la insatisfacción, mientras
que otros hacen
intervenir factores sociales, o
la actitud respectiva de la personalidad. d) Respecto al carácter oblicuo de la
masturbación infantil.
Finalmente, subsisten considerables incertidumbres: a) Sobre el mecanismo de la acción
nociva de la masturbación, para el caso de que ésta deba ser aceptada. b) Sobre las relaciones etiológicas
entre la masturbación y las neurosis actuales. El planteamiento de la mayoría de los
puntos respecto de los cuales estamos en desacuerdo se
lo debemos a la crítica
de nuestro colega
W. Stekel, fundada
en una amplia y
profunda experiencia personal.
Es evidente que
hemos dejado mucho
por comprobar y por aclarar a una futura generación de observadores e
investigadores, pero podemos consolarnos con
la reflexión de
que hemos trabajado
honestamente y con vastas
miras, allanando así
caminos que habrán
de ser recorridos
por investigación futura. De mis propias contribuciones a los
problemas que nos ocupan no cabe esperar demasiado. Todos
ustedes conocen mi
predilección por el
estudio fragmentario de
un tema, favoreciendo la
insistencia respecto de
aquellos puntos que
considero más sólidamente establecidos. Nada
nuevo tengo que
aportar, ninguna solución; sólo repeticiones de
algunas cosas ya
afirmadas anteriormente, algunas
defensas de esas viejas
afirmaciones contra ataques
emanados de vuestro
medio y por
fin unas pocas observaciones que se imponen por
fuerza a todo oyente de los trabajos aquí expuestos. Como se sabe, he diferenciado la
masturbación, de acuerdo con la edad en que se produce, de la siguiente manera:
1) la masturbación del lactante, que comprende todas las maniobras
autoeróticas al servicio
de la satisfacción sexual;
2) la masturbación infantil, que surge directamente
de aquélla y que ya se encuentra fijada a determinadas zonas erógenas; 3) la
masturbación puberal, que sigue inmediatamente a la infantil, o se halla separada
de ésta por
el período de
latencia. En algunas
de las exposiciones que aquí
he escuchado no
se destaca suficientemente esta
diferenciación cronológica. La pretendida unidad de la masturbación
sugerida por la terminología médica ha inducido algunas afirmaciones
de carácter general, cuando
habría sido más acertado ajustarse a
dicha diferenciación de acuerdo con los tres períodos de la vida arriba
citados. Lamento asimismo que no hayamos
podido considerar la masturbación de la mujer en la misma medida que la del
hombre, y opino que aquélla bien merece
un estudio especial, pues precisamente
la masturbación femenina traduce con
particular claridad las modificaciones condicionadas por la
edad. Abordo ahora las
objeciones que Reitler formuló contra mi argumento teleológico en favor
del carácter ubicuo
de la masturbación en
el lactante. Confieso
que me veo obligado a
renunciar a este
argumento. Si mi
«teoría sexual» está
destinada a tener todavía una edición más, ya no
contendrá Ia afirmación aquí objetada. Renunciaré a la pretensión de indagar
los designios de la Naturaleza y me limitaré a describir los hechos
reales. Considero asimismo pleno de sentido y de importancia el comentario de
Reitler acerca de que
ciertos elementos característicos del
aparato genital humano
parecerían tener la finalidad de impedir el contacto sexual en la
infancia. De aquí arrancan, empero, mis
reservas. La oclusión
de la cavidad
genital femenina y
la inexistencia del
hueso peneano que asegura
la erección, son
características anatómicas dirigidas
únicamente contra el coito
y no contra
las excitaciones sexuales
en general. A
mi juicio, Reitler concibe de manera demasiado
antropomórfica el finalismo de la naturaleza, como si en ella, igual que en las
obras humanas, se tratara de la consecuente realización de un único propósito.
Hasta donde llegamos a comprenderlos, en los procesos de la Naturaleza lo
general es que
toda una serie
de tendencias finales
transcurran paralelamente, sin abolirse las unas a las otras. Ya que
pretendemos hablar de la Naturaleza en términos humanos, debemos decir que se
nos presenta como algo que en el hombre calificaríamos de «inconsecuente». Creo,
a mi vez,
que Reitler debería
dejar de insistir
tanto en sus propios argumentos teleológicos. La
aplicación de la
teleología como hipótesis heurística está expuesta a
reservas; frente a cada caso particular, nunca se sabe si se trata de una
«armonía» o de una «disarmonía». Sucede lo mismo cuando queremos hincar un
clavo en la pared: nunca sabemos si daremos con el ladrillo o con la
juntura. Respecto a la cuestión
de las relaciones de la masturbación y las poluciones con la etiología de
la denominada neurastenia, me
encuentro, como muchos
de ustedes, en oposición a
Stekel, sustentando aún
contra éste mis
anteriores opiniones con
una limitación que señalaré más adelante. No veo motivo alguno que
pudiera inducirnos a abandonar la diferenciación de
las neurosis actuales
frente a las
psiconeurosis, y sólo puedo
calificar de tóxica
la génesis de
los síntomas en
las primeras. A
mi juicio, el colega Stekel
en este caso
realmente amplía demasiado la
psicogénesis. Sigo
concibiendo este asunto tal como lo comprendí hace ahora más de quince años:
las dos neurosis actuales -la neurastenia y la neurosis de angustia (quizá haya
que agregarle la hipocondría propiamente dicha como tercera neurosis actual)-
constituyen la facilitación somática
de las psiconeurosis, suministran el
material excitativo que
luego será seleccionado y revestido
psíquicamente, de modo que, en términos generales, el núcleo del síntoma
psiconeurótico -el grano de arena en el centro de la perla- está formado por
una manifestación sexual somática. Todo esto es, sin duda, más evidente en la neurosis
de angustia y en su relación con la histeria que en la neurastenia, sobre la
cual no se han emprendido
todavía minuciosas investigaciones psicoanalíticas. Como
todos hemos podido comprobarlo
a menudo, en las neurosis de angustia se trata, en el fondo, de una partícula
de la excitación del coito no derivada, que se manifiesta como síntoma ansioso
o que establece el núcleo de una formación sintomática histérica. EI
colega Stekel comparte
con numerosos autores
ajenos al psicoanálisis la tendencia a
rechazar las diferenciaciones morfológicas que
hemos establecido en
el abigarrado conjunto de las neurosis, aplicándoles a todas un común
denominador, como, por ejemplo, el de la psicastenia. A menudo hemos
contradicho su opinión al respecto, y seguimos sustentando la esperanza de que
las diferencias clínico-morfológicas habrán de demostrar aún
su importancia como
manifestaciones
todavía incomprendidas de procesos esencialmente dispares. Si,
con toda justicia, nos argumenta Stekel que en los denominados neurasténicos se
ha encontrado siempre
con los mismos
complejos y conflictos que
en los demás
neuróticos, podemos responderle
que este argumento
no toca, evidentemente, la
cuestión disputada. Hace
tiempo sabemos que
los mismos complejos y conflictos
pueden encontrarse también en todos los seres sanos y normales. Más aún: nos
hemos habituado a reconocer en todo individuo cultural cierta medida de
represión de impulsos perversos, de erotismo anal, homosexualidad, etcétera,
así como una porción de complejos paternos, maternos y de otra índole, tal como
en los análisis químicos
elementales de un
cuerpo orgánico podemos
estar seguros de
demostrar la presencia de los
elementos carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y algo de azufre. Lo que diferencia a
los compuestos orgánicos entre
sí es la
proporción en que
estos elementos se combinan y la estructura de las combinaciones que
integran. Así, en los seres normales y
en los neuróticos
no se trata
de la existencia
de estos complejos
y conflictos, sino de
si han llegado
a ser patógenos, y
en caso afirmativo, de
los mecanismos que para ello han puesto en juego. Lo
esencial de mis
teorías sobre las
neurosis actuales, que
establecí en aquella oportunidad y
que hoy sigo
defendiendo, radica en
la afirmación, basada
en Ia experiencia, de que sus
síntomas no pueden ser analíticamente descompuestos, como los psiconeuróticos. En
otros términos, que
la constipación, la
cefalea, la fatiga
de los denominados
neurasténicos, no permiten la reducción histórica o simbólica a vivencias
efectivas, no pueden
ser concebidas como
satisfacciones sexuales sucedáneas,
como transacciones
entre impulsos instintivos opuestos; en
suma, que no
pueden ser interpretadas como
los síntomas psiconeuróticos, por
más que éstos
se manifiesten en forma
similar a aquéllos.
No creo que
esta regla llegue
a ser refutada
por medio del psicoanálisis. En
cambio, concedo hoy
-lo que entonces
no podía creer-
que un tratamiento analítico
llegue a tener también indirectamente influencia terapéutica sobre los síntomas
actuales, ya sea
porque coloque al
individuo enfermo en
la situación de sustraerse a
esta nocividad actual,
modificando su
régimen sexual. He
aquí, evidentemente, prometedora perspectiva para nuestros afanes
terapéuticos. Sin embargo, si a
la postre se me demostrara mi error en la cuestión teórica de las neurosis actuales,
sabré consolarme con
el progreso de
nuestros conocimientos, que siempre debe desvalorizar el punto de
vista del individuo. Se preguntarán ustedes por
qué, si me anima tan
loable reconocimiento de
los inevitables límites de
la propia infalibilidad, no me
decido por transigir en seguida con las nuevas opiniones y prefiero repetir el
tan conocido espectáculo del viejo que se aferra tenazmente a sus opiniones
consagradas. Mi respuesta es que todavía no reconozco las pruebas objetivas a
las cuales habría de ceder. En años anteriores mis opiniones experimentaron
múltiples cambios que nunca vacilé en dar a publicidad. A raíz de muchos de
estos cambios de opinión se me han hecho reproches que hoy se repetirán sin
duda contra mi terquedad. No es que estos o aquellos reproches me intimiden,
pero sé que tengo que cumplir un destino. No puedo rehuirlo ni
necesito ir a
su encuentro. He
de mantenerme en
su espera, y
entre tanto sostendré frente a
nuestra ciencia la misma actitud que he aprendido desde tiempo atrás. Sólo
a disgusto tomo
posición frente al
problema, tan extensamente tratado
por ustedes, de los
perjuicios que ocasionaría la
masturbación, pues
no es éste
un planteamiento correcto de
los problemas que
nos ocupan. Es
evidente, empero, que todos debemos opinar al respecto, pues
al público no parece interesarle otra cosa en la cuestión del onanismo. Como
ustedes recordarán, en una de nuestras primeras sesiones de discusión
sobre este tema
tuvimos entre nosotros
como huésped a
un distinguido pediatra de
esta ciudad. ¿Qué
pretendía saber de
nosotros el colega
en sus reiteradas preguntas? Tan sólo en qué medida
la masturbación sería dañina y por qué perjudicaría a unos y no a
otros. Así, pues,
nos vemos obligados
a inquirir de
nuestra ciencia una respuesta a dichas cuestiones prácticas. Confieso que
al respecto tampoco
me es posible compartir
el punto de
vista de Stekel, a
pesar de las
muchas observaciones audaces
y correctas que nos
ha expuesto sobre el
problema. Para él, la perniciosidad de
la masturbación sería
en realidad un prejuicio absurdo,
que sólo nuestra
propia estrechez mental
nos impediría recusar
por completo. Creo, sin embargo, que si enfrentamos el problema sine ira
et studio -en la medida en que
ello nos es
posible-, debemos expresar más
bien que tal
opinión contradice nuestras concepciones fundamentales sobre
la etiología de
las neurosis. La masturbación corresponde
esencialmente a la
actividad sexual infantil
y luego a su
perpetuación en años de mayor madurez. Derivamos las neurosis de un conflicto
entre
las tendencias sexuales del
individuo y sus demás tendencias (yoicas). Podría aducirse aquí la
opinión de que
el factor patógeno
de esta relación
etiológica radicaría
únicamente en la
reacción del yo
contra su sexualidad,
pero con ello únicamente
se afirmaría que cualquier persona podría quedar libre de neurosis con
el simple recurso de satisfacer
ilimitadamente sus tendencias
sexuales. Sin embargo,
sería evidentemente
arbitrario y también
inconveniente adoptar tal
decisión sin conceder
también a las propias tendencias sexuales su
intervención en la patogenia. Si se admite, empero, que los impulsos sexuales
pueden tener acción patógena, no es posible negarle tal carácter a la
masturbación, que consiste sólo en la ejecución de tales impulsos instintivos
sexuales. Es evidente que
en todos los
casos que parecen
demostrar el carácter
patógeno de la masturbación tal
efecto podrá ser
reducido más bien a
los instintos que
en ella se manifiestan y
a las resistencias dirigidas
contra estos instintos.
La masturbación, en efecto,
no es un
término último, ni
somática ni psicológicamente: no
es un verdadero factor actuante, sino sólo la
denominación de ciertas actividades; pero, a pesar de toda reducción conceptual,
el juicio acerca
de la etiología
se aferra con
justicia a dicha actividad. Tampoco
debe olvidarse que no es
posible equiparar la
masturbación a la actividad sexual
en general, pues sólo
representa tal actividad
con ciertas condiciones limitantes. Por tanto, sigue
siendo posible que precisamente estas particularidades de la actividad
masturbatoria sean las portadoras de su acción patógena. Así,
una vez más
nos vemos apartados de
la argumentación y
orientados nuevamente
a la observación clínica,
y ésta nos
conmina a no
borrar el tema «consecuencias perjudiciales de la
masturbación». En todo caso, entre las neurosis nos hallamos con ejemplos en
los cuales la masturbación ha sido perjudicial. Este daño parece imponerse por tres
caminos distintos: a) Como
un daño orgánico,
ejercido a través
de un mecanismos
desconocidos, debiendo tenerse en cuenta al respecto los criterios, tan
a menudo mencionados aquí, de la frecuencia desmesurada y de la insuficiente
satisfacción obtenida. b) Por el
establecimiento de un prototipo psíquico, al no existir la necesidad de
modificar el mundo exterior para satisfacer una profunda necesidad. No
obstante, en los casos en que
se desarrolla una amplia
reacción contra este
prototipo, queda abierto
el camino al florecimiento de las más valiosas cualidades de carácter.
c) Por la posibilidad de la fijación
de fines sexuales infantiles y de la permanencia en el
infantilismo psíquico. Con
ello está dada
la predisposición a
la neurosis. Como psicoanalistas, debemos conceder máximo interés a
esta consecuencia de
la masturbación, siendo de
advertir que aquí
nos referimos, naturalmente, sólo
a la masturbación puberal
y a la
que se mantiene
después de este
período. Recordemos siempre qué
importancia asume la masturbación como
ejecutora de la fantasía, de ese reino
intermedio que se ha intercalado entre la vida ajustada al principio del placer
y la gobernada por el
principio de la
realidad; recordemos cómo
la masturbación permite realizar, en
la fantasía, desarrollos y
sublimaciones sexuales que
no representan progresos, sino
sólo nocivas formaciones transaccionales. Es
cierto que, según
la importante argumentación de
Stekel, la misma
transacción puede neutralizar
graves tendencias a la perversión y evita las consecuencias más funestas
de la abstinencia. Mi propia
experiencia médica me impide excluir el debilitamiento permanente de la
potencia entre las consecuencias de la masturbación, aunque doy la razón a
Stekel con respecto a la posibilidad de demostrar en gran número de casos su
carácter meramente aparente. Esta consecuencia de la masturbación, empero, es
la que no cabe incluir sin más ni más entre sus daños. En efecto, cierta
atenuación de la potencia masculina y de la iniciativa brutal a ella vinculada
es bastante valiosa desde el punto de vista cultural, pues facilita al
individuo que vive
en la cultura
el cumplimiento de
las virtudes de moderación y de constancia sexual que se
le exigen. Por lo general, se comprueba que la virtud con plena potencia es una
tarea ardua y difícil. Si esta
afirmación mía pareciese
cínica, admítase que
no he querido
que fuera expresión de un
cinismo. Sólo pretendo que sea un fragmento de seca descripción, sin
importarme que despierte
beneplácito o indignación. Sucede,
simplemente, que la masturbación, como tantas otras cosas,
tiene les défauts de ses vertus, y recíprocamente les vertus de ses défauts.
Siempre que se desmenuce un complicado fenómeno fáctico, y discerniendo con
interés práctico unilateral
su nocividad de
su utilidad, habrá
que atenerse a comprobaciones tan ingratas como ésta. Creo, por otra parte, que conviene
discernir las consecuencias perjudiciales de la masturbación que
cabe calificar de
directas, de las
que surgen indirectamente de
la resistencia y de la rebeldía del yo contra esa actividad sexual. No
he aludido aquí a estas últimas repercusiones. Agregaré algunas
palabras inevitables con
respecto a la
segunda de las
ingratas preguntas planteadas. Suponiendo
que la masturbación pueda
ser perjudicial, ¿en
qué condiciones y en cuáles individuos demuestra ser nociva?
De acuerdo con la mayoría de ustedes,
prefiero declinar una respuesta general a esta cuestión. En buena parte, ella
coincide con el problema más amplio de cuándo la actividad sexual
en general puede tornarse
patógena para un
individuo. Si deducimos esta coincidencia quédanos la
cuestión de detalle
vinculada a
las características particulares
de la masturbación, en la medida en que ésta representa una forma particular de
satisfacción sexual. Cabría repetir aquí cosas ya conocidas y expuestas en otro
texto, como la influencia del factor cuantitativo y de la acción sinérgica de
múltiples factores patógenos, pero, ante todo, deberíamos conceder un amplio
margen a las denominadas disposiciones constitucionales del individuo.
Confesémonos, sin embargo, cuán ingrato resulta operar con éstas. La
disposición individual suele ser deducida ex postfacto; sólo
posteriormente, una vez
que el sujeto
ya ha enfermado, le
adjudicamos tal o cual
disposición. No tenemos ningún recurso para adivinarla anteriormente. Nos
conducimos al respecto como aquel rey escocés de una novela de Víctor Hugo que
se vanagloriaba de poseer un recurso infalible para reconocer la brujería.
Hacía cocer a la inculpada en agua hirviendo y luego probaba el caldo. De
acuerdo con el sabor, juzgaba: «Sí, ésta era una bruja»; o bien: «No, ésta no
era.» Podría señalarles todavía
un tema que ha sido demasiado poco tratado en nuestras discusiones: el
de la denominada masturbación inconsciente. Me
refiero a la masturbación durante el
dormir, en estados
anormales, en el
curso de ataques.
Se recordará seguramente cuántos
ataques histéricos reproducen
el acto masturbatorio en forma
oculta o disfrazada, después
que el individuo
ha renunciado a
este tipo de satisfacción, y cuántos síntomas de las
neurosis obsesivas tienden a sustituir y a repetir esta forma de actividad
sexual prohibida otrora. Se puede hablar asimismo de un retorno terapéutico de
la masturbación. Muchos habrán hecho, como yo, la experiencia de que
significa un gran
progreso cuando el
paciente en el
curso del tratamiento, vuelve
a permitirse la masturbación, aunque sin tener el propósito de permanecer
detenido en esta fase infantil. También cabe señalar aquí que precisamente un
gran número de los más graves
neuróticos no recuerdan
haber tenido en
las épocas históricas
de su memoria contacto alguno
con la masturbación, mientras
que el psicoanálisis permite
demostrar que dicha actividad
sexual les fue
familiar en los
olvidados años de
su temprana infancia. Creo, sin embargo, que conviene
interrumpir aquí mis disquisiciones, pues todos estamos de acuerdo en que el
tema de la masturbación es poco menos que inagotable.
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