lunes, 14 de septiembre de 2026

ORIENTACIÓN VOCACIONAL-PROFESIONAL UN TAREA PARA TODOS

Pilar Iglesias Nicolás psicoanalista


Sondeos sistemáticos que se vienen realizando con alumnos de los últimos años del secundario y de los primeros años de la universidad, han mostrado que los alumnos egresan de la escuela media en situación de vulnerabilidad y con pocas herramientas para poder realizar una lectura del mapa educativo y del mercado laboral que les permita contar con coordenadas que los orienten para poder realizar una elección significativa y establecer un proyecto que articule sus intereses y su vocación con lo social.



ORIENTACIÓN VOCACIONAL Y PROFESIONAL UN PLANTEAMIENTO INDISPENSIBLE


AUDIOTEXTOS DE PSICOANÁLISIS

AUDIOLIBRO ME LLAMO BARRO
AUDIOLIBROS PSICOANÁLISIS
autora: PILAR IGLESIAS NICOLÁS
ENTREVISTAS CONFERENCIAS OTROS
LATE UN CORAZÓN
Podcast de artevoz
POESÍA EN LOS TALLERES
POESÍA MÁS POESÍA
POETA: MIGUEL OSCAR MENASSA
PRIMERA COLECCIÓN EL TANGO EN...
VISIÒN DE LAS TIERRAS FRIAS...

LO REPRIMIDO Y LO OLVIDADO FORMACIONES DEL INCONSCIENTE PROF PILAR IGLESIAS psicoanalista


Detengámonos pues sobre el famillonario. Hay varias maneras de abordarlo, ése es el fin no solamente de este esquema, sino de este esquema en tanto que les es dado para permitirles inscribir los diferentes planos de la elaboración significante -estando aquí especialmente elegido la palabra elaboración, puesto que está elegida expresamente, puesto que Freud la informa especialmente. Detengámonos en eso y, para no sorprenderlos demasiado, comencemos percatándonos en que sentido se dirige esto. ¿Qué sucede cuando aparece famillonario? Se puede decir que algo se indica con ello, que sentimos como algo que apunta hacia el sentido; algo tiende a surgir de ahí, que es algo irónico, incluso satírico, algo también que aparece menos, pero que se desarrolla, si podemos decir así, en los contragolpes del fenómeno, en lo que va a propagarse en el mundo a continuación de eso. Es una especie de surgimiento de un objeto, él, que va más bien hacia lo cómico, hacia lo absurdo, hacia el sinsentido. Es el famillonario en tanto que él es la irrisión del millonario, tendiendo a tomar forma de figura, y no habría que hacer mucho para indicarles en qué dirección, en efecto, tiende a encarnarse. Además, Freud nos señala al pasar que en alguna parte, también, Heinrich Heine, redoblando su chiste, llamará al millonario (en alemán: Millionär) el "Millionarr", lo que en alemán quiere decir el loquito millonario (en Francés: fou-fou millionnaire ), o, como podríamos traducirlo además en francés, en la continuación y en la línea de sustantivación del famillonario del que hablaba hace unos instantes, el "fat (uo) millonario", con un guión (en francés: fat-millionnaire). Esto para decirles que ahí está la aproximación que hace que no sigamos siendo inhumanos. No iremos mucho más lejos porque, a decir verdad, no es el momento; es justamente el tipo de paso que se trata de no precipitar, a saber: no comprender demasiado rápido, porque al comprender demasiado rápido no se comprende absolutamente nada. Eso no explica nunca el fenómeno que acaba de suceder ante él, a saber, en qué se relacióna a lo que podemos llamar la economía general de la función del significante. Al respecto, es necesario sin embargo que yo insista para que todos ustedes tomen conocimiento de lo que he escrito en lo que he llamado la instancia de la letra en el inconsciente a saber, los ejemplos que he dado en ese texto de las dos funciones, que llamo las funciones esenciales del significante, en tanto que son aquellas por donde, si se puede decir, la reja del significante cava en lo real lo que se llama el significado, literalmente lo evoca, lo hace surgir, lo maneja, lo engendra; a saber, las funciones de la metáfora y de la metonimia. Parece que a algunos, digamos que mi estilo les bloquea la entrada a este artículos lo lamento. Ante todo, yo no puedo hacer nada, mi estilo es lo que es. A este respecto, les pido que hagan un esfuerzo, pero quisiera simplemente añadir que, cualesquiera q ue sean las deficiencias que puedan intervenir en ello por mi culpa, hay también a pesar de todo, en las dificultades de ese estilo —quizá algunos puedan entreverlo—, algo que debe responder al objeto mismo del que se trata. Si se trata en efecto, a propósito de las funciones creadoras que ejerce el significante sobre el significado, de hablar de una manera válida, no simplemente de hablar de la palabra, sino de hablar en el hilo de la palabra, si podemos decir así, para evocar sus funciones mismas, tal vez la continuación de mi exposición de este año les mostrará que hay necesidades internas de estilo, la concisión por ejemplo, la alusión, incluso la agudeza, que son tal vez elementos esenciales, completamente decisivos, para entrar en un campo del que ellas comandan no solamente las avenidas, si no toda la textura. Volveremos pues a ello, a continuación, a propósito de cierto estilo que no vacilaremos incluso en llamar por su nombre, por ambigüo que pueda parecer, a saber el manierismo, y del que trataré de mostrarles que tiene tras él, no solamente una gran tradición, sino una función irremplazable. Esto no es más que un paréntesis para volver a mi texto. En ese texto, entonces, ustedes verán que lo que denomino, después de otros —es Roman Jakobson quien lo ha inventado— la función metafórica y metonímica del lenguaje, están ligadas a algo que se expresa muy simplemente en el registro del significante, siendo las carácterísticas del significante, como ya lo he enunciado varias veces en el curso de los años precedentes, las de la existencia de una cadena articulada, y —añadía yo en ese artículo— tendiendo a formar agrupamientos cerrados, es decir, formados por una serie de anillos que se enlazan unos a otros, para formar las cadenas, las cuales se enlazan ellas mismas a otras cadenas a la manera de anillos, lo que está un poco evocado también por la forma general de este esquema, pero que no está directamente presentado. La existencia de estas cadenas, en su doble dimensión, implica que las articulaciones o enlaces del significante comportan dos dimensiones, la que podemos llamar de la combinación, de la continuidad, de la concatenación de la cadena, y la de las posibilidades de sustitución siempre implicadas en cada elemento de la cadena. Este segundo elemento, absolutamente esencial, es ese elemento que, en la definición líneal que Freud daba de la relación del significante y del significado, es omitido. En otros términos, en todo acto de lenguaje, la dimensión diacrónica es esencial, pero hay una sincronía implicada, evocada por la posibilidad permanente de sustitución inherente a cada uno de los términos del significante. En otros términos, son las dos relaciones que voy a indicar: 

F (S....S´)  S, y  F ( S´/ S)  S
dando, la una, el lazo de la combinación del lazo del significante, y la otra la imagen de la relación de sustitución siempre implícita en toda articulación significante. No es necesario poseer extraordinarias posibilidades de intuición para percatarse de que debe haber al menos alguna relación entre lo que acabamos de ver producirse y lo que Freud nos esquematiza de la formación del famillionario, a saber sobre dos líneas diferentes, "yo estaba sentado... etc., de una forma completamente familiar", y, abajo, "millionario". Freud completa: ¿qué es lo que puede querer decir esto? Esto puede querer decir que hay alguna cosa que ha caído, que ha sido eludida, eso quiere decir en tanto que puede permitírselo, o que puede realizarlo o lograrlo un millonario. Algo ha caído en la articulación del sentido, algo ha permanecido: el millonario. Algo se ha producido que ha comprimido, embutido, el uno en el otro, el familiar y el millonario, para producir el famillonario. Hay pues ahí algo que es una suerte de caso particular de la función de sustitución, caso particular del que, de alguna manera, quedan las huellas. La condensación, si ustedes quieren, es, una forma particular de lo que puede producirse al nivel de la función de sustitución. Sería bueno que, desde ahora, tengan ustedes en mente el largo desarrollo que he hecho alrededor de una metáfora, aquella sobre la gavilla de Booz:

CONTRIBUCIONES AL SIMPOSIO SOBRE LA MASTURBACIÓN s. freud


LXVI CONTRIBUCIONES AL SIMPOSIO SOBRE LA MASTURBACIÓN (*) 1912 I. -

INTRODUCCIÓN 

LAS discusiones conducidas en la Asociación Psicoanalítica Vienesa nunca tienen por objeto abolir discrepancias o alcanzar decisiones. Amalgamados por idéntica concepción fundamental de los mismos hechos, los distintos oradores que en ella intervienen pueden permitirse la más tajante expresión de sus versiones individuales, sin tomar en cuenta la probabilidad de convertir a sus opiniones a los oyentes que discrepan de ellas. Es posible que en tal intercambio se produzca un desencuentro de las ideas y de las palabras; su efecto final consiste, empero, en que cada uno recibe, y puede a su vez transmitir, la más clara impresión de las opiniones discrepantes.          El  simposio    sobre   la  masturbación      -del  cual   sólo   se  publican    aquí   algunos fragmentos-   se   extendió   durante   varios   meses,  consistiendo   en   la   presentación   de   una ponencia   por   cada   orador,   a  la   cual   se   agregó   en   cada   caso   un   exhaustivo   debate. Únicamente       las   ponencias    han    sido   incorporadas     a  esta   publicación,    no   así   las discusiones, tan pletóricas de nuevas ideas, en cuyo curso se expresaron y dirimieron las oposiciones   planteadas.   De  otro   modo,   este   pequeño   volumen   habría   alcanzado   una extensión que hubiese dificultado sin duda su difusión y su influencia.          No considero necesario justificar la elección del tema en una época como ésta, en la cual se realiza por fin el intento de someter también los problemas de la vida sexual humana      a   la  investigación     científica.   Las   repeticiones     de  determinadas      ideas   y afirmaciones   fueron   inevitables,   ya   que   las   mismas   corresponden  a   concordancias   del pensamiento. Por otra parte, la dirección de este simposio no podía tratar de conciliar las numerosas discrepancias entre las concepciones de los ponentes ni tender a ocultarlas. Esperamos   que   ni   las   repeticiones   ni   las   contradicciones   afectarán   el   interés   de   los lectores. 
         En esta oportunidad nos animó el propósito de averiguar a qué caminos ha sido impulsado      el  estudio    de  los  problemas     de  la   masturbación      por  la  aparición    de  los métodos   y   los   procedimientos   psicoanalíticos.   El   aplauso   de   los   lectores,   y   quizá   aún más   claramente   su   censura,  demostrarían   hasta   dónde   hemos   llegado   a   cumplir   dicho propósito. Viena, en el verano de 1912. II. -CONCLUSIONES LOS miembros más antiguos de nuestro círculo recordarán sin duda que hace ya varios años emprendimos el intento de llevar a cabo una discusión colectiva como ésta sobre el tema      de   la   masturbación:       un   Symposion,        como     lo   llaman     nuestros     colegas norteamericanos. En esa oportunidad planteáronse discrepancias tan profundas entre las opiniones  expuestas,  que   no   pudimos  resolvernos  a   publicar  las   minutas  de   la misma. Desde   entonces   nos   hemos   mantenido   -tanto   aquellas   personas   como   las   que   se   les agregaron más recientemente- en permanente contacto con los hechos de la experiencia, y mediante un continuo intercambio de ideas hemos logrado aclarar nuestras opiniones y fundarlas sobre una base común, a punto tal que la empresa abandonada entonces ya no nos parece hoy tan insuperable.          Tengo realmente la impresión de que nuestras concordancias con respecto al tema de la masturbación son ahora más sólidas y más profundas que nuestras discrepancias, cuya existencia no cabe, empero, negar. Numerosas contradicciones aparentes obedecen sólo   a   la   multiplicidad   de   los   puntos   de   vista   expuestos,   tratándose   en   el   fondo   de opiniones fácilmente conciliables entre sí.          Permítaseme exponer ahora un resumen de aquellos puntos respecto de los cuales estamos de acuerdo y de aquellos otros en los que discrepamos.          Existe, sin duda, un acuerdo en lo siguiente:          a)   Sobre   la   importancia  de   las   fantasías   que   acompañan   o   reemplazan   el   acto masturbatorio.          b)   Sobre    la   importancia     del   sentimiento      de   culpabilidad      vinculado     a   la masturbación, cualquiera que sea su procedencia.          c) Sobre la imposibilidad de indicar una condición cualitativa para la nocividad de la masturbación (al respecto la unanimidad no es general).          Se han planteado discrepancias de opinión no conciliadas:

         a)  Respecto      a  la  negación      del  factor    somático     en   el  efecto    que   ejerce    la masturbación.          b)  Respecto     al  rechazo,    en   principio,   de    toda   consecuencia      perjudicial    de   la masturbación.          c) Respecto a la procedencia del sentimiento de culpabilidad, que algunos quieren derivar   directamente   de   la   insatisfacción,   mientras   que   otros   hacen   intervenir   factores sociales, o la actitud respectiva de la personalidad.          d) Respecto al carácter oblicuo de la masturbación infantil.          Finalmente, subsisten considerables incertidumbres:          a) Sobre el mecanismo de la acción nociva de la masturbación, para el caso de que ésta deba ser aceptada.          b) Sobre las relaciones etiológicas entre la masturbación y las neurosis actuales.          El planteamiento de la mayoría de los puntos respecto de los cuales estamos en desacuerdo   se   lo   debemos   a   la   crítica   de  nuestro   colega   W.   Stekel,   fundada   en   una amplia   y   profunda   experiencia   personal.  Es   evidente   que   hemos   dejado   mucho   por comprobar y por aclarar a una futura generación de observadores e investigadores, pero podemos   consolarnos   con   la   reflexión   de   que   hemos   trabajado   honestamente   y   con vastas   miras,   allanando   así   caminos   que   habrán   de   ser   recorridos   por   investigación futura.          De mis propias contribuciones a los problemas que nos ocupan no cabe esperar demasiado.   Todos   ustedes   conocen   mi   predilección   por   el   estudio  fragmentario   de   un tema,     favoreciendo      la  insistencia    respecto    de    aquellos    puntos    que    considero     más sólidamente       establecidos.      Nada    nuevo     tengo    que   aportar,    ninguna     solución;     sólo repeticiones   de   algunas   cosas   ya   afirmadas       anteriormente,   algunas   defensas   de   esas viejas   afirmaciones   contra  ataques   emanados   de   vuestro  medio   y   por   fin   unas   pocas observaciones que se imponen por fuerza a todo oyente de los trabajos aquí expuestos.          Como se sabe, he diferenciado la masturbación, de acuerdo con la edad en que se produce, de la siguiente manera: 1) la masturbación del lactante, que comprende todas las   maniobras   autoeróticas   al   servicio   de   la     satisfacción    sexual;    2)  la  masturbación infantil, que surge directamente de aquélla y que ya se encuentra fijada a determinadas zonas erógenas; 3) la masturbación puberal, que sigue inmediatamente a la infantil, o se halla   separada   de   ésta   por   el   período   de   latencia.   En   algunas   de   las   exposiciones   que aquí   he   escuchado   no   se   destaca   suficientemente   esta   diferenciación   cronológica.   La pretendida unidad de la masturbación sugerida por la terminología médica ha inducido algunas  afirmaciones   de   carácter general, cuando habría sido  más acertado ajustarse a dicha diferenciación de acuerdo con los tres períodos de la vida arriba citados. Lamento asimismo que no hayamos podido considerar la masturbación de la mujer en la misma medida que la del hombre, y  opino que aquélla bien merece un estudio especial, pues precisamente         la   masturbación        femenina       traduce     con     particular     claridad     las modificaciones condicionadas por la edad.          Abordo ahora las objeciones que Reitler formuló contra mi argumento teleológico en   favor   del   carácter   ubicuo   de   la   masturbación   en   el   lactante.   Confieso   que   me   veo obligado   a   renunciar   a   este   argumento.   Si  mi   «teoría   sexual»   está   destinada   a   tener todavía una edición más, ya no contendrá Ia afirmación aquí objetada. Renunciaré a la pretensión de indagar los designios de la Naturaleza y me limitaré a describir los hechos reales.          Considero asimismo pleno  de sentido y de importancia el comentario de Reitler acerca   de   que   ciertos   elementos   característicos   del   aparato   genital   humano   parecerían tener la finalidad de impedir el contacto sexual en la infancia. De aquí arrancan, empero, mis   reservas.   La   oclusión   de   la   cavidad   genital   femenina   y   la   inexistencia   del   hueso peneano   que   asegura   la   erección,   son   características  anatómicas   dirigidas   únicamente contra   el   coito   y   no   contra  las   excitaciones   sexuales   en  general.   A   mi   juicio,   Reitler concibe de manera demasiado antropomórfica el finalismo de la naturaleza, como si en ella, igual que en las obras humanas, se tratara de la consecuente realización de un único propósito. Hasta donde llegamos a comprenderlos, en los procesos de la Naturaleza lo general     es  que    toda   una   serie   de  tendencias     finales   transcurran     paralelamente,      sin abolirse las unas a las otras. Ya que pretendemos hablar de la Naturaleza en términos humanos, debemos decir que se nos presenta como algo que en el hombre calificaríamos de   «inconsecuente».   Creo,   a   mi  vez,   que   Reitler   debería   dejar   de   insistir   tanto   en   sus propios      argumentos      teleológicos.      La   aplicación     de    la  teleología     como     hipótesis heurística está expuesta a reservas; frente a cada caso particular, nunca se sabe si se trata de una «armonía» o de una «disarmonía». Sucede lo mismo cuando queremos hincar un clavo en la pared: nunca sabemos si daremos con el ladrillo o con la juntura.          Respecto a la cuestión de las relaciones de la masturbación y las poluciones con la etiología   de   la   denominada   neurastenia,   me   encuentro,   como   muchos   de   ustedes,   en oposición      a  Stekel,    sustentando     aún   contra   éste    mis   anteriores    opiniones     con   una limitación que señalaré más adelante. No veo motivo alguno que pudiera inducirnos a abandonar   la   diferenciación   de   las   neurosis  actuales   frente   a   las   psiconeurosis,   y   sólo puedo   calificar   de   tóxica   la   génesis   de   los  síntomas   en   las   primeras.   A   mi   juicio,   el colega      Stekel    en   este   caso    realmente     amplía      demasiado       la  psicogénesis.      Sigo concibiendo este asunto tal como lo comprendí hace ahora más de quince años: las dos neurosis actuales -la neurastenia y la neurosis de angustia (quizá haya que agregarle la hipocondría propiamente dicha como tercera neurosis actual)- constituyen la facilitación somática      de   las   psiconeurosis,      suministran     el   material    excitativo    que    luego    será seleccionado y revestido psíquicamente, de modo que, en términos generales, el núcleo del síntoma psiconeurótico -el grano de arena en el centro de la perla- está formado por una manifestación sexual somática. Todo esto es, sin duda, más evidente en la neurosis de angustia y en su relación con la histeria que en la neurastenia, sobre la cual no se han emprendido        todavía    minuciosas     investigaciones      psicoanalíticas.     Como     todos    hemos podido comprobarlo a menudo, en las neurosis de angustia se trata, en el fondo, de una partícula de la excitación del coito no derivada, que se manifiesta como síntoma ansioso o que establece el núcleo de una formación sintomática histérica.          EI   colega   Stekel    comparte     con   numerosos       autores   ajenos    al  psicoanálisis     la tendencia   a   rechazar   las   diferenciaciones   morfológicas   que   hemos   establecido   en   el abigarrado conjunto de las neurosis, aplicándoles a todas un común denominador, como, por ejemplo, el de la psicastenia. A menudo hemos contradicho su opinión al respecto, y seguimos sustentando la esperanza de que las diferencias clínico-morfológicas habrán de demostrar       aún   su   importancia      como     manifestaciones        todavía    incomprendidas        de procesos esencialmente dispares. Si, con toda justicia, nos argumenta Stekel que en los denominados        neurasténicos      se  ha   encontrado     siempre    con   los   mismos     complejos     y conflictos   que   en   los   demás   neuróticos,   podemos   responderle   que   este   argumento   no toca,    evidentemente,      la  cuestión    disputada.     Hace    tiempo    sabemos      que   los  mismos complejos y conflictos pueden encontrarse también en todos los seres sanos y normales. Más aún: nos hemos habituado a reconocer en todo individuo cultural cierta medida de represión de impulsos perversos, de erotismo anal, homosexualidad, etcétera, así como una porción de complejos paternos, maternos y de otra índole, tal como en los análisis químicos   elementales   de   un   cuerpo   orgánico   podemos   estar   seguros   de   demostrar   la presencia de los elementos carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y algo de azufre. Lo que    diferencia    a  los   compuestos      orgánicos    entre    sí  es  la  proporción     en   que   estos elementos se combinan y la estructura de las combinaciones que integran. Así, en los seres   normales   y   en   los   neuróticos   no   se   trata   de   la   existencia   de   estos   complejos   y conflictos,     sino   de   si  han   llegado    a  ser patógenos,      y   en   caso   afirmativo,    de   los mecanismos que para ello han puesto en juego.          Lo   esencial   de   mis   teorías   sobre   las   neurosis   actuales,   que   establecí   en   aquella oportunidad       y  que    hoy   sigo    defendiendo,      radica   en   la  afirmación,     basada     en  Ia experiencia, de que sus síntomas no pueden ser analíticamente descompuestos, como los psiconeuróticos.   En   otros   términos,   que   la      constipación,   la   cefalea,   la   fatiga   de   los denominados neurasténicos, no permiten la reducción histórica o simbólica a vivencias efectivas,   no   pueden   ser   concebidas   como   satisfacciones  sexuales   sucedáneas,   como transacciones       entre   impulsos      instintivos   opuestos;      en   suma,   que     no   pueden     ser interpretadas   como   los  síntomas  psiconeuróticos,   por   más   que   éstos  se   manifiesten   en forma   similar   a   aquéllos.   No  creo   que   esta   regla   llegue   a   ser   refutada   por   medio   del psicoanálisis.      En    cambio,     concedo      hoy   -lo   que   entonces      no   podía    creer-   que    un tratamiento analítico llegue a tener también indirectamente influencia terapéutica sobre los   síntomas   actuales,   ya   sea   porque   coloque   al   individuo   enfermo   en   la   situación   de sustraerse      a   esta    nocividad      actual,    modificando        su    régimen      sexual.    He     aquí, evidentemente, prometedora perspectiva para nuestros afanes terapéuticos.          Sin embargo, si a la postre se me demostrara mi error en la cuestión teórica de las neurosis   actuales,   sabré   consolarme   con   el   progreso   de   nuestros   conocimientos,   que siempre debe desvalorizar el punto   de   vista   del   individuo. Se preguntarán ustedes por qué,   si   me   anima   tan   loable   reconocimiento   de   los   inevitables         límites   de   la   propia infalibilidad, no me decido por transigir en seguida con las nuevas opiniones y prefiero repetir el tan conocido espectáculo del viejo que se aferra tenazmente a sus opiniones consagradas. Mi respuesta es que todavía no reconozco las pruebas objetivas a las cuales habría de ceder. En años anteriores mis opiniones experimentaron múltiples cambios que nunca vacilé en dar a publicidad. A raíz de muchos de estos cambios de opinión se me han hecho reproches que hoy se repetirán sin duda contra mi terquedad. No es que estos o aquellos reproches me intimiden, pero sé que tengo que cumplir un destino. No puedo rehuirlo   ni   necesito   ir   a   su   encuentro.   He   de   mantenerme   en   su   espera,   y   entre   tanto sostendré frente a nuestra ciencia la misma actitud que he aprendido desde tiempo atrás.          Sólo   a   disgusto   tomo   posición   frente   al   problema,   tan   extensamente   tratado   por ustedes,     de    los  perjuicios    que     ocasionaría      la  masturbación,        pues    no   es   éste   un planteamiento   correcto   de   los   problemas   que   nos   ocupan.   Es   evidente,   empero,   que todos debemos opinar al respecto, pues al público no parece interesarle otra cosa en la cuestión del onanismo. Como ustedes recordarán, en una de nuestras primeras sesiones de   discusión   sobre   este   tema   tuvimos   entre   nosotros   como   huésped   a   un   distinguido pediatra   de   esta   ciudad.   ¿Qué   pretendía   saber   de   nosotros   el   colega   en   sus   reiteradas preguntas? Tan sólo en qué medida la masturbación sería dañina y por qué perjudicaría a unos   y   no   a   otros.   Así,   pues,   nos   vemos   obligados   a   inquirir   de   nuestra   ciencia   una respuesta a dichas cuestiones prácticas.          Confieso   que   al   respecto   tampoco   me   es posible   compartir   el  punto   de   vista   de Stekel,   a   pesar   de   las   muchas   observaciones   audaces   y   correctas que   nos  ha   expuesto sobre   el   problema.   Para   él,   la   perniciosidad   de   la   masturbación   sería   en   realidad   un prejuicio   absurdo,   que   sólo   nuestra   propia  estrechez   mental   nos   impediría   recusar   por completo. Creo, sin embargo, que si enfrentamos el problema sine ira et studio -en la medida      en   que    ello  nos    es  posible-,    debemos      expresar     más    bien   que    tal  opinión contradice   nuestras   concepciones   fundamentales   sobre   la   etiología   de   las   neurosis.   La masturbación   corresponde   esencialmente   a   la   actividad   sexual   infantil   y   luego   a   su perpetuación en años de mayor madurez. Derivamos las neurosis de un conflicto entre 
las tendencias sexuales del individuo y sus demás tendencias (yoicas). Podría aducirse aquí     la  opinión     de   que   el  factor    patógeno     de   esta   relación    etiológica     radicaría únicamente   en   la   reacción   del   yo   contra   su   sexualidad,   pero   con   ello   únicamente   se afirmaría que cualquier persona podría quedar libre de neurosis con el simple recurso de satisfacer   ilimitadamente   sus  tendencias   sexuales.   Sin   embargo,   sería   evidentemente arbitrario    y   también    inconveniente       adoptar  tal   decisión    sin   conceder     también    a  las propias tendencias sexuales su intervención en la patogenia. Si se admite, empero, que los impulsos sexuales pueden tener acción patógena, no es posible negarle tal carácter a la masturbación, que consiste sólo en la ejecución de tales impulsos instintivos sexuales. Es   evidente   que   en   todos   los   casos   que   parecen   demostrar   el   carácter   patógeno   de   la masturbación   tal   efecto   podrá      ser   reducido   más   bien   a   los   instintos   que   en   ella   se manifiestan   y   a   las   resistencias   dirigidas   contra   estos   instintos.   La   masturbación,   en efecto,   no   es  un   término   último,   ni   somática   ni   psicológicamente:   no   es  un   verdadero factor actuante, sino sólo la denominación de ciertas actividades; pero, a pesar de toda reducción   conceptual,   el   juicio   acerca   de   la   etiología   se    aferra   con   justicia   a   dicha actividad.   Tampoco   debe   olvidarse   que   no   es   posible   equiparar   la   masturbación   a   la actividad   sexual   en   general, pues  sólo   representa   tal   actividad   con   ciertas   condiciones limitantes. Por tanto, sigue siendo posible que precisamente estas particularidades de la actividad masturbatoria sean las portadoras de su acción patógena.          Así,   una    vez   más    nos   vemos     apartados     de   la   argumentación       y   orientados nuevamente        a   la  observación      clínica,   y  ésta    nos   conmina      a   no   borrar    el  tema «consecuencias perjudiciales de la masturbación». En todo caso, entre las neurosis nos hallamos con ejemplos en los cuales la masturbación ha sido perjudicial.          Este daño parece imponerse por tres caminos distintos:          a)   Como   un   daño   orgánico,   ejercido  a   través   de   un   mecanismos   desconocidos, debiendo tenerse en cuenta al respecto los criterios, tan a menudo mencionados aquí, de la frecuencia desmesurada y de la insuficiente satisfacción obtenida.          b) Por el establecimiento de un prototipo psíquico, al no existir la necesidad de modificar el mundo exterior para satisfacer una profunda necesidad. No obstante, en los casos  en   que   se   desarrolla   una amplia   reacción  contra   este   prototipo,   queda   abierto   el camino al florecimiento de las más valiosas cualidades de carácter.


         c) Por la posibilidad de la fijación de fines sexuales infantiles y de la permanencia en   el   infantilismo   psíquico.   Con   ello   está  dada   la   predisposición   a   la   neurosis.   Como psicoanalistas,       debemos      conceder      máximo       interés    a   esta    consecuencia       de    la masturbación,       siendo    de   advertir    que   aquí   nos   referimos,     naturalmente,     sólo   a   la masturbación   puberal   y   a   la   que   se   mantiene   después   de   este   período.   Recordemos siempre qué importancia asume la   masturbación como ejecutora de la   fantasía, de ese reino intermedio que se ha intercalado entre la vida ajustada al principio del placer y la gobernada   por   el   principio   de   la   realidad;   recordemos   cómo   la  masturbación   permite realizar,    en   la  fantasía,    desarrollos    y  sublimaciones        sexuales    que    no   representan progresos,      sino   sólo   nocivas    formaciones      transaccionales.      Es   cierto   que,   según    la importante   argumentación   de         Stekel,   la   misma   transacción   puede   neutralizar   graves tendencias a la perversión y evita las consecuencias más funestas de la abstinencia.          Mi propia experiencia médica me impide excluir el debilitamiento permanente de la potencia entre las consecuencias de la masturbación, aunque doy la razón a Stekel con respecto a la posibilidad de demostrar en gran número de casos su carácter meramente aparente. Esta consecuencia de la masturbación, empero, es la que no cabe incluir sin más ni más entre sus daños. En efecto, cierta atenuación de la potencia masculina y de la iniciativa brutal a ella vinculada es bastante valiosa desde el punto de vista cultural, pues facilita    al  individuo     que   vive    en   la  cultura   el  cumplimiento        de   las  virtudes    de moderación y de constancia sexual que se le exigen. Por lo general, se comprueba que la virtud con plena potencia es una tarea ardua y difícil.          Si   esta   afirmación   mía   pareciese   cínica,   admítase   que   no   he  querido   que   fuera expresión de un cinismo. Sólo pretendo que sea un fragmento de seca descripción, sin importarme       que    despierte    beneplácito     o  indignación.     Sucede,     simplemente,      que    la masturbación, como tantas otras cosas, tiene les défauts de ses vertus, y recíprocamente les vertus de ses défauts. Siempre que se desmenuce un complicado fenómeno fáctico, y discerniendo       con   interés   práctico   unilateral    su  nocividad    de    su  utilidad,   habrá   que atenerse a comprobaciones tan ingratas como ésta.          Creo, por otra parte, que conviene discernir las consecuencias perjudiciales de la masturbación   que   cabe   calificar   de   directas,   de   las   que   surgen   indirectamente   de   la resistencia y de la rebeldía del yo contra esa actividad sexual. No he aludido aquí a estas últimas repercusiones.          Agregaré   algunas   palabras   inevitables   con   respecto   a   la   segunda   de   las   ingratas preguntas   planteadas.   Suponiendo   que   la   masturbación   pueda   ser   perjudicial,   ¿en   qué condiciones y en cuáles individuos demuestra ser nociva?


         De acuerdo con la mayoría de ustedes, prefiero declinar una respuesta general a esta cuestión. En buena parte, ella coincide con el problema más amplio de cuándo la actividad   sexual   en   general puede   tornarse   patógena   para   un   individuo.   Si   deducimos esta    coincidencia     quédanos      la  cuestión    de   detalle    vinculada    a   las  características particulares de la masturbación, en la medida en que ésta representa una forma particular de satisfacción sexual. Cabría repetir aquí cosas ya conocidas y expuestas en otro texto, como la influencia del factor cuantitativo y de la acción sinérgica de múltiples factores patógenos, pero, ante todo, deberíamos conceder un amplio margen a las denominadas disposiciones constitucionales del individuo. Confesémonos, sin embargo, cuán ingrato resulta operar con éstas. La disposición individual suele ser deducida ex postfacto; sólo posteriormente,       una   vez   que   el  sujeto  ya  ha   enfermado,      le  adjudicamos      tal  o  cual disposición. No tenemos ningún recurso para adivinarla anteriormente. Nos conducimos al respecto como aquel rey escocés de una novela de Víctor Hugo que se vanagloriaba de poseer un recurso infalible para reconocer la brujería. Hacía cocer a la inculpada en agua hirviendo y luego probaba el caldo. De acuerdo con el sabor, juzgaba: «Sí, ésta era una bruja»; o bien: «No, ésta no era.»          Podría señalarles todavía un tema que ha sido demasiado poco tratado en nuestras discusiones:       el  de   la   denominada       masturbación       inconsciente.      Me    refiero    a   la masturbación       durante    el  dormir,    en  estados   anormales,      en   el  curso   de  ataques.    Se recordará   seguramente   cuántos   ataques   histéricos   reproducen   el   acto   masturbatorio   en forma     oculta   o  disfrazada,     después    que   el   individuo   ha   renunciado     a  este   tipo  de satisfacción, y cuántos síntomas de las neurosis obsesivas tienden a sustituir y a repetir esta forma de actividad sexual prohibida otrora. Se puede hablar asimismo de un retorno terapéutico de la masturbación. Muchos habrán hecho, como yo, la experiencia de que significa   un   gran   progreso   cuando   el   paciente   en   el   curso   del   tratamiento,   vuelve   a permitirse la masturbación, aunque sin tener el propósito de permanecer detenido en esta fase infantil. También cabe señalar aquí que precisamente un gran número de los más graves   neuróticos   no   recuerdan   haber   tenido  en   las   épocas   históricas   de   su   memoria contacto   alguno   con   la   masturbación,   mientras  que   el   psicoanálisis   permite   demostrar que    dicha   actividad    sexual    les  fue   familiar  en   los   olvidados    años    de  su  temprana infancia.          Creo, sin embargo, que conviene interrumpir aquí mis disquisiciones, pues todos estamos de acuerdo en que el tema de la masturbación es poco menos que inagotable.

ORIENTACIÓN VOCACIONAL-PROFESIONAL UN TAREA PARA TODOS

Pilar Iglesias Nicolás psicoanalista Sondeos  sistemáticos que se vienen realizando con alumnos de los  últimos años del secundario...